Posteado por: elcaminodelosencuentros | abril 23, 2010

EL CAMINO

Dicen que el Camino se hace con el corazón, y puede que sea cierto, pero no queda otro remedio que hacerlo también con los pies. Casi todos los peregrinos echan a andar sabiendo que, si no van bien calzados, el Camino se vuelve romería de rozaduras, ampollas, llagas, ojos de gallo y otras desavenencias entre los pies y la voluntad.
A los romanos, hace veinte siglos, cuando transitaban vías de las que el caminante actual aún encuentra relieves, también se les metían a veces piedrecillas en el calzado. A esas piedras, que no por pequeñas trastornan menos el bienestar del caminante, las llamaban ‘escrúpulos’. Hoy, apenas nos queda la metáfora abstracta de algo tan simple como una piedrecilla enojosa.
Para andar a Santiago, el peregrino tiene que deshacerse de todos los escrúpulos, de los unos y de los otros; todos entorpecen la voz del Camino, que hay que recorrer con abandono y con perseverancia, y así, mientras uno hace el Camino (lo que son las cosas) el Camino lo hace a uno. Sólo de esa forma se le revela al caminante la verdad de su andadura, es decir la verdad de sí mismo. Es a sí mismo a quien se acerca el caminante conforme va llegando a la tumba del Apóstol.
Conque, bien mirado, puede que el Camino de Santiago sea además el Camino de Juan, Clara, María, Pablo, Julia, Samuel y todos los otros, con destino a Juan, Clara, María, Pablo, Julia, Samuel y todos los otros. Buen Camino.

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